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viernes, 23 de junio de 2017

Cuando todo no es todo

A pesar de lo que parezca, no...., no me he ido, ni mucho menos. Todo lo contrario, esto es una vuelta con energía después de una largo paréntesis de dos meses, por exigencias del guión, sin actividad. Vuelvo, pero con trabajos anteriores, simplemente por que acabo de retornar a la actividad y aún no tengo nada nuevo que ofrecer, pero si quedan trabajos pendientes de publicar de un tiempo atrás.

Atrás, pero no tanto.... o sí. Éste sobre el que ahora escribo es de allá por el mes de septiembre del año pasado. Alfredo llevaba ya varios meses pendiente de un trabajo, pero entre que no nos terminaban de dar los detalles exactos de lo que querían, y nosotros tampoco insistíamos ya que teníamos bastantes tareas en marcha, la cosa se fue dilatando en el tiempo.

Llegado el mes de septiembre, tras entregar lo que teníamos pendientes y pasado el intervalo de baja actividad de las vacaciones de verano, tras la vuelta al "cole" de los niños - de mi hija concretamente -, retomamos el proyecto de una pequeña barra de bar para un apartamento del sur. Ultimamos los detalles de lo que querían, pasamos presupuesto que rápidamente aceptaron y nos pusimos manos a la obra.

Iniciando la estructura
Teníamos claro que tenía que ser una estructura relativamente ligera, y al ser en forma de "L" y no caber en la furgoneta, tenía que ser desmontable para poder transportarla, al menos en dos partes, así que comenzamos haciendo un sencillo esqueleto de madera con baldas, con las dimensiones del frontal, que era la pieza más grande, a la que le añadiríamos posteriormente la estructura lateral, el recubrimiento y el tablero en la parte superior.

Fue cuestión de ir cortando largueros de madera que fuimos ensamblando para darle forma en torno a las baldas, todo ello con madera de pino que compramos previamente en la serrería. A la vez, con las mismas tablas fabricamos el tablero superior que nos sirvió de guía para completar la estructura completa con las dimensiones apropiadas, con lo que en poco más de un par de días teníamos la columna vertebral completa, tal como se puede ver en la foto de la izquierda.

Finalizada esta parte, mientras yo continuaba cortando chapa marina - por lo de aligerar peso - para hacer el revestimiento interior, Alfredo iba pintando el tablero superior de color blanco mate, tal como habían pedido, haciendo lo mismo con los largueros que conformaban el esqueleto.

Estantería en proceso
Una vez que ya estaban todos los revestimientos interiores terminados los tintamos, junto con las baldas, de un color oscuro, colocando en la parte exterior que iba a quedar a la vista unos paneles de DM como soporte del parqué que iba a quedar como revestimiento exterior, rematando los bordes con unos perfiles para que no se vieran los cantos de las láminas del propio parqué.

A continuación, tras marcar los puntos donde iban a ir colocados los tornillos para ensamblar todas las piezas una vez transportadas al lugar del montaje, con los restos de material que habían sobrado, y en compensación por la paciencia que habían tenido esperando por el trabajo, decidimos hacer un pequeño mueble para colocar copas y botellas que iría en la pared, tintándolo del mismo color que el interior de la barra, como complemento de éste.

Barra y estantería montadas

Una vez barnizada, tanto la barra como la pequeña estantería, dejamos todo listo y acordamos con el Cliente el día en el que iríamos a realizar la instalación. Ese día, cargamos todo el material y herramientas en la furgoneta - ¿todo?-, incluyendo un compresor que nos serviría para montar rápidamente los paneles interiores gracias a la pistola de clavos, y allá que fuimos.

Tras un viaje hasta el sur de la isla, bajo notable aguacero - a la altura de Abades me sentí como Moisés cruzando el Mar Rojo - llegamos a Los Cristianos, donde había llovido, pero al menos en ese momento ya no lo hacía, lo que nos permitió descargar el material y las herramientas - ¿todas? - sin problemas. Bueno, casi, por que lo de tener que cargar con todo - ¿todo? - dos pisos de escaleras y un largo pasillo, algo problemático si que fue.

Cuando tuvimos todo listo, comprobamos que las medidas que nos habían facilitado los clientes eran correctas, ya  que la barra iba a estar colocada en un rincón "un poco complicado", y uno de mis temores era que tuviéramos que abortar la misión por un error de cálculo - no sería la primera vez, y seguro que tampoco la última -. Pero como tampoco todo - ¿todo? - puede ser siempre un camino de rosas, nos encontramos con que en la pared había una toma de corriente por lo que sería necesario hacer una ventana en un panel interior, y claro, teníamos de todo - ¿todo? -: compresor con pistola de clavos, taladro, destornillador eléctrico,.... y no, ¡todo no!, ¿la caladora?, o en su defecto ¿una sierra de mano?. NOOOOOOOO. 

Mientras intentaba salir del paso con ayuda del taladro y de un hermoso cuchillo de cocina - digno del señor Bates -, recordé que cuando descargábamos había visto a dos señores mayores conversando en la puerta del garaje de una casa de en frente. Rápidamente me vino el "flash": garaje,... trastos,... herramientas,..., ¿serrucho?... Rápidamente salí a la calle y afortunadamente aún estaba uno de los dos hombres, con la puerta del garaje abierta, con un par de trastos y herramientas desparramados por el suelo. Me acerqué y pregunté, y..., ¡Siiii, "habemus serruchum". El hombre, amablemente me lo prestó, así que volví rápidamente, hice los cortes, y raudo y veloz corrí a devolvérselo, no fuera que se le hubiera ocurrido venir a dirigir la obra - algo muy típico del jubilado español -. Volví nuevamente escaleras arriba - suficientes peldaños para un solo día - y por fin pudimos terminar de montar la barra y la estantería, que finalmente quedaron como podéis ver a continuación.



P.D: Esta entrada está dedicada a Alfredo, que actualmente, y por unos meses, se encuentra lejos de nosotros, en otras ocupaciones. Venga va, tómate la penúltima...

sábado, 18 de febrero de 2017

Los amigos de mis amigos...

Una tarde, hace ya unos meses, mi mujer paseaba por La Laguna con una amiga y decidieron pasar por la tienda de una amiga de la amiga de mi mujer - ya sabía yo que pasear lo que se dice pasear...- para recoger "algo". La tienda se dedica a la venta de objetos de decoración y por casualidad, mientras conversaban salió el tema de que yo me dedicaba al diseño y la restauración de muebles, por lo que la dueña de la tienda - la amiga de la amiga, para aclararnos -, comentó que tenía un amigo - el amigo de la amiga de la amiga de mi mujer, no nos vayamos a perder - que le había preguntado si conocía a alguien que pudiera arreglarle un par de muebles. Mi mujer, ni corta ni perezosa, se ofreció a ponernos en contacto para que, si aún tenía ese trabajo pendiente, ya que hacía por lo menos un mes que le habían preguntado, pudiera darle una solución.

Un par de días más tarde contacté con el amigo de la amiga... - ya sabéis, el posible Cliente -, y me confirmó que aún no había encontrado a nadie que le hiciera el trabajo así que le ofrecí la posibilidad de hacerlo para lo cual le pedí unas fotografías de los muebles a restaurar que rápidamente me envió a través de whatsapp. Tras un vistazo y una valoración le hice una propuesta, a falta de confirmar que no hubieran ningún tipo de sorpresa oculta no visible a través de las fotos. Tras llegar a un rápido acuerdo acordé con él en pasar a recoger los muebles y confirmarle el presupuesto inicial una vez comprobado que no existía nada más, tipo carcoma, daños estructurales graves o cualquier otra sorpresa, por otra parte bastante habituales en muebles con bastante uso como éstos.
Sillón en estado original
Comprobado y confirmado el presupuesto me llevé los muebles al taller para comenzar con el trabajo. Lo primero era un sillón de mimbre, que como podéis ver en la imagen de la izquierda tenía el asiento dañado, siendo esto lo único que había que reparar.

Según el Cliente se había deteriorado por desgaste, y aunque yo juraría que alguien "ayudó" subiéndose de pie sobre él - el agujero coincide perfectamente con una huella de pie, que casualidad, ¿no? - él insistió en que simplemente se había roto por el uso normal. No quise discutir, al fin y al cabo el motivo es lo de menos, para mi lo importante era que había que hacer un trabajo y me iban a pagar por él, la causa del destrozo carecía de importancia - aunque sigo pensando que alguien se subió en el sillón -.

Lo único que había que hacer era sustituir la rejilla del asiento. No tenía más desperfectos y el estado general era bastante aceptable, por tanto lo primero que hubo que hacer fue retirar la rejilla rota, limpiar y lijar el canalillo donde iba insertada. Con esto quedó todo listo para colocar una nueva rejilla que tuve que comprar, en una de las pocas tiendas que aún vende este material por metros. Tan sólo conozco un par de ellas donde se pueden conseguir - seguro que habrá más -, una en La Laguna y la otra en Santa Cruz, y como la primera me queda más cerca, a pesar de que es un poco más cara, por la diferencia de precio no merece la pena bajar hasta la otra, ya que si tenemos en cuenta la gasolina, y sobre todo la pérdida de tiempo que supone entrar en pleno centro de la ciudad y encontrar aparcamiento - por la zona donde está -, para la cantidad de mimbre de la que se trataba, no compensaba en absoluto el euro de más.
Nueva rejilla colocada

A continuación coloqué la rejilla, lo cual resulta relativamente fácil, aunque un poco delicado, ya que si no se tiene cuidado, se puede dañar en la operación llevando al traste todo el trabajo - con el consiguiente enfado, por no decir otra cosa -, teniendo que comenzar de nuevo, si con suerte se consigue salvar el material y es posible aprovechar la pieza de mimbre nuevamente. En caso contrario, si la rotura afecta a una zona interior, habrá que desecharla y colocar otra rejilla completamente nueva, reventando  de ese modo buena parte del beneficio del trabajo.

Finalizada con éxito la colocación, se tiñó con un tinte de color similar al del resto del sillón, y aproveché para corregir algunos desperfectos en el color del respaldo para dejar todo igualado quedando finalmente como se muestra a continuación.


Sillón Finalizado

El otro mueble era una camarera, un carrito de los que se solían utilizar antiguamente en las casas, generalmente para llevar el servicio a la mesa, aunque normalmente el uso que se le daba era el de almacenar y transportar las bebidas alcohólicas para las grandes ocasiones domésticas.
Camarera en estado original
En esta ocasión, el estado no podía calificarse como aceptable. La tenían colocada en el recibidor de la casa y la utilizaban como depósito de objetos donde dejaban los bártulos que entran y salen de casa habitualmente como llaves, cartera, bolso y demás.

Por el continuo trajín estaba bastante rayada y por lo que parece, en su día, se utilizó también para lo que realmente fue fabricada, transportar el servicio de comida o el café, y recuerdo probablemente de aquella época contaba con un buen par de quemaduras y profundos arañazos que hacían difícil poder aprovechar la chapilla de las bandejas. Pero sin duda, lo que peor se encontraba eran las ruedas con la goma del recubrimiento, en lo poco que aún quedaba, totalmente cuarteada y deshaciéndose por momentos.

Desmonté la mesa completamente para poder trabajar mejor con los diferentes elementos y comencé a lijar todas las piezas, que como podéis comprobar en la imagen de la izquierda - ¿alguien necesita que le diga cual es la que no está lijada? - 
estaban un tanto perjudicadas.

Los paneles que hacían la función de bandejas estaban tan estropeados que cualquier arreglo no iba a pasar desapercibido por lo que opté por el plan B, darles la vuelta y colocarlas por el reverso tras lijarlas e igualarlas bien. Lo cierto es que tenían un beteado bastante curioso y habría sido una pena no haberlo aprovechado.

Las ruedas, si que es verdad que no tenían solución.
Decidí deshacerme de ellas tras intentar un par de posibles remiendos, sin éxito - milagros a Santa Rita -. En este caso, muy a mi pesar, era más razonable buscar otras que intentar reparar las viejas, dado el estado en el que se encontraba el metal, pero sobre todo por la imposibilidad de encontrar recambios a las gomas tras buscar en unos cuantos lugares e idear algún que otro parche, pero nada funcionó decentemente, no podía garantizar que duraran más allá de unos pocos meses - o semanas, según el uso - por lo que la solución más razonable pasaba por cambiarlas.

Tras lijar y limpiar todo pinté de blanco las piezas de la estructura, que tras montar nuevamente volví a lijar, pero esta vez tan sólo un poco por los bordes y aristas para de ese modo darle un aspecto envejecido y desgastado, tal como el Cliente - o mejor dicho, su mujer - había pedido. Por último, tras el pertinente recubrimiento de barniz protector, quedó casi lista.

El casi es por que faltaban aún las ruedas, que si bien fueron relativamente fáciles de conseguir, su colocación no lo fue tanto. Entre todo lo que había disponible no encontré nada que me convenciera a primera vista, tan sólo me gustaron unas que tenían que ir encastradas en la propia pata, por las que finalmente me decidí. Su colocación daría más trabajo pero quedarían mejor que cualquier otra de las opciones posibles.

Para colocarlas primero tuve que insertar unos tubillones rellenando el hueco que habían dejado las anteriores para a continuación colocar un taco cilíndrico al que hubo que darle forma para poder encajar las nuevas ruedas. Tras lijar las bases de las patas para que encajaran correctamente las nuevas terminaciones empaté los tacos interiores de las ruedas con los tubillones de las patas y una vez hechos los ajustes necesarios para que la mesa no fuera inestable rellené con pasta los huecos de los empates. Finalmente envejecí las ruedas para que quedaran integradas en el conjunto sin destacar excesivamente - sobre todo por el brillo -, quedando finalmente como se muestra a continuación.

Camarera terminada

Creo que el cambio es evidente, y habría sido una pena no aprovechar las tablas de las bandejas, la verdad es que las betas tienen unas formas muy llamativas. Creo que los Clientes quedaron bastante satisfechos con el cambio y yo me alegro de haberle dado un nuevo aire a esa vieja camarera para mantenerse en uso unos cuantos años más.

domingo, 29 de enero de 2017

Quid pro cuo

Hace algunos meses realicé un trabajo para un familiar, el cual tenía un piso desocupado y quería ponerlo en alquiler para sacarle algo de rentabilidad. Para ello tenía que renovar también el mobiliario, eso si, sin invertir demasiado dinero ya que la mayor parte del presupuesto se lo había gastado en la obra de reforma previa.

Parte de los muebles los tenía, pero había algunas cosas necesarias que aún faltaban por lo que nos pidió ayuda, por si teníamos algo que no nos hiciera falta y pudiera aprovechar para completar el mobiliario. Rebuscando en lo que nos quedaba por casa, rescatamos mi primera cama de soltero que aún guardaba en el trastero - quizá por nostalgia -, un colchón pequeño que nos sobraba tras el cambio de la cama de mi hija y una estantería que hacía poco me habían regalado y que pensaba llevar al taller, pero que aún andaba en un rincón del sótano. También conseguimos un sillón y un sofá, que habían sido nuestros pero que ahora estaban en el sótano de mis vecinos - y cuñados, todo queda en familia - que casualmente iban a retirar por que habían comprado uno nuevo, y que tras pasar por el tapicero quedaron como nuevos. Con ésto, más lo que ya había en la casa estaba prácticamente amueblada y lista para poner en el mercado, tan sólo era necesaria una mesa y un par de sillas para la cocina, y esa parte decidí hacerla puesto que contaba con material suficiente en el taller, y de ese modo aprovechaba también para despejar un poco de espacio.

Del altillo del taller rescaté dos sillas de las que teníamos apiladas procedentes de diferentes lugares - llegaron a haber más de veinte -, que poco a poco habían ido saliendo a diferentes destinos. Éstas dos concretamente venían del restaurante de un hotel del sur que habían reformado hace algún tiempo y que a través de un conocido habían terminado en nuestro taller acumulando polvo.

Silla en estado original
Estaban en un estado bastante aceptable como se puede observar en la imagen de la izquierda, tan sólo necesitaban ser encoladas para recuperar la rigidez perdida por el uso continuado y limpiar el tapizado del asiento, que aunque sucio no acusaba desgaste.

Como la cocina nueva era de color blanco, de estilo sencillo y líneas rectas, no pegaban las sillas con este aspecto un tanto rústico así que decidí pintarlas de blanco, por lo que previamente hubo que lijarlas para quitarles la laca y prepararlas para el pintado. De paso aproveché para reparar algunos rayones y marcas con pasta que con el pintado posterior no iban a notarse.

Comentándolo con mi mujer, y teniendo en cuenta que la cocina era de un blanco deslumbrante e inmaculado, me sugirió que en la mesa y las sillas le añadiera algún toque de color para darle de ese modo algo de contraste y alegría a la cocina, que con muebles, puertas y paredes blancas reflejaba falta de personalidad.


No me pareció mala idea así que le tomé la palabra y me puse manos a la obra. Comencé por lijarlas nuevamente, esta vez hasta hacer desaparecer casi en su totalidad el tinte que las cubría, para a continuación aclararlas y homogeneizar el aspecto con una ligera capa de pintura blanca bastante aguada, que dejaba traslucir ligeramente las vetas de fondo dándole un aspecto envejecido. Al final no eran ni blancas ni marrones, ni todo lo contrario, era una mezcla algo descafeinada que al añadirles algunas imágenes con la técnica de transferencia - marca de la casa - con motivos florales y culinarios, terminó por mostrar una imagen de conjunto bastante aceptable. Los asientos, tras limpiarlos consideré que no quedaban mal, incluso el color no desentonaba, por lo que decidí ahorrarme el tapizado y dejarlos tal cual estaban.

Ya sólo faltaba la mesa, con la que lógicamente iba a utilizar la misma técnica para que no pareciera lo que era, un conjunto de muebles cada uno de su padre y de su madre, que se habían reunido para completar el mobiliario. Como no había mucho espacio pensé que más que una mesa, lo que había que colocar era un tablero fijado por un lateral a la pared y con unas patas que le dieran soporte en el otro lado.

Tablero lijado y listo
El tablero ya lo tenía, procedente de una mesa de escritorio que no hacía mucho tiempo había traído uno de los colaboradores habituales del taller de una casa en la que estubo haciendo algún trabajo y que le habían pedido que retirara. La mesa es cierto que estaba bastante "perjudicada", pero el tablero presentaba  - extrañamente - bastante buena apariencia por lo que se podía aprovechar sin mucho trabajo, que en el fondo era de lo que se trataba.

Después de lijarlo convenientemente lo corté unos veinte centímetros para ajustarlo a unas medidas cómodas para el espacio disponible en la cocina, y por último redondeé las esquinas que iban a quedar en la parte exterior para evitar los picos "mortíferos" - ya imagináis a que me refiero, verdad -.
 
Tablero decorado
Terminada la preparación del tablero, y como yo estaba un poco liado con otro trabajo, Eva, con su toque femenino, se encargó de decorarlo mediante la transferencia de imágenes con motivos culinarios en su gran mayoría, tras lo cual simplemente le hice un esponjado con pintura blanca bastante aguada para que el fondo de madera se destacara quedando listo para darle varias capas de barniz y con esto dejarlo rematado y listo para su colocación.


Ya sólo faltaban las patas, y recordé que en casa tenía las del tablero que en su día hacía la función de mesa justo donde ahora mismo aporreo el teclado para escribir esta entrada. Hace unos pocos meses que lo sustituí por una mesa de oficina, de un tamaño algo menor, que en su día a su vez yo había regalado y que volvía nuevamente a casa tras una estancia de casi veinte años en casa de unos amigos. Originalmente procedía de una oficina en la que trabajé hace dos décadas y que salvé del vertedero cuando iba a ser deshechada con ocasión del cambio de mobiliario motivado por la adaptación a la nueva imagen corporativa - en una de tantas fusiones que sufrí en mi anterior vida laboral - ofreciéndonos a los empleados la posibilidad de quedarnos con todo aquello que quisiéramos antes de deshacerse ellos a pesar de que apenas tenían tres o cuatro años y aún estaban en perfecto estado - cosas de las multinacionales -. Esa mesa, que en su día le regalé a unos amigos, cuando ellos reformaron su despacho este verano volvieron a ofrecérmela, y si bien en su día no la quise, de hecho se la regalé a ellos, ahora me resultaba útil por lo que la recogí y de ese modo, veinte años más tarde, recuperé mi antigua mesa de trabajo.

Como iba diciendo - no quiero irme por las ramas -, recuperé dos de las patas de madera de la mesa-tablero que había retirado de mi sótano y tras lijarlas un poco, las pinté de blanco quedando por fin todo listo para el montaje. El resto fue sencillo, fijar los asientos a las sillas, llevar todas las piezas a la casa, atornillar los ángulos a la pared y las patas al tablero y listo, todo quedó tal como se ve en la imagen siguiente.


P.D.: No se puede decir que no de una nota de color en una cocina tan anodina,.. que en el fondo era de lo que se trataba. Con material reciclado y un poco de trabajo ya estaba completa la casa. Ellos ganaron una mesa y un par de sillas y yo me quedé con un bidón de pintura blanca - de los grandes - y una lata de barniz - quid pro quo -.

sábado, 12 de noviembre de 2016

Mesa de Cumpleaños

Allá por el mes de julio, cuando se acercaba la fecha de cumpleaños de unos muy buenos amigos, puestos a pensar que les podíamos regalar, recordé el comentario que me habían hecho unos meses atrás - no sé si intencionadamente - de que querían cambiar la mesa que tenían en la terraza por una más pequeña, del tamaño justo para tomar café o un aperitivo. Entre las sillas, las camas de los perros, y a veces el tendedero, la terraza se les quedaba "justita" y pensaban que la mejor opción era poner una mesa más reducida - los perros creo que también eran partidarios de esa opción ante la alternativa de ser ellos los que se fueran a dormir a la caseta del jardín -.

Una mesa pequeña... bueno, eso lo puedo hacer yo - pensé -, y si lo hago con lo que tengo en el taller mato varios pájaros de un tiro. A saber, reciclo material sobrante de otros trabajos, haciendo de paso un poco de limpieza, me quito el quebradero de cabeza de todos los años - "que le regalamos que ya tienen de todo" - y por que no, me ahorro un dinero que la economía doméstica lo agradecerá.





Tenía bastante claro el resultado que quería obtener, lo que no vislumbraba tan claramente era el cómo hacerlo. Como sí tenía meridianamente claro que el tablero iba a estar confeccionado con tablas de diferentes medidas y tonalidades - oído de un comentario de ella - me puse a cortar restos de tablones de palets y sobras de otros proyectos anteriores mientras pensaba como darle forma a todo el conjunto.

Las ideas hay que ir a buscarlas y para mi o hay mejor manera que trabajando - bueno si, se me ocurre otra, pero no es plan de contar todos los secretos-. En seguida se me ocurrió coger un tablero de DM sobrante de algún armario que vi apoyado en un rincón pidiendo ser útil, y utilizarlo como base para clavar las tablas. Me di cuenta de que los bordes quedaban a la vista y afeaban bastante así que se me ocurrió ponerle un marco alrededor para disimular el acabado y de ese modo mejorar la apariencia. Me di una vuelta por el taller buscando candidatos para marcos y recordé que en algún lugar había dejado una pila de bastidores de lienzos que hacía ya un tiempo había recuperado, mientras paseaba con los perros, junto a un contenedor cerca de Las Canteras. Como diría Cesar, los vi, volví -con el coche, por supuesto - y los cogí .

Dicho y hecho, lo desmonté, lo corté a medida y volví a montar un marco alrededor de la tabla, que además, como ya tenía los cantos redondeados, con una forma agradable, me ahorraba el trabajo de tener que rematarlo.

Finalizado el soporte, clavé sobre él las tablas que previamente había cortado, y tras rellenar grietas de unión y lijarlo todo, el resultado no me terminaba de convencer, era triste. Me lo repensé y finalmente, me decidí por pintar las tablas de diferentes colores para darle más alegría. Como ya lo tenía todo montado y empastado tuve que tirar de cinta de carrocero para mantener las líneas rectas - mi pulso nunca ha sido algo que me caracterice - y pintar todas las tablas, que posteriormente envejecí - tampoco había que pasarse de alegría -.

Finalizado el tablero y tras darle vueltas a que tipo de patas ponerle, opté por unas simples tablas cruzadas en forma de tijera, para lo cual tuve que rebuscar entre los restos de los palets que quedaban hasta encontrar varias que estuvieran sanas y con longitud suficiente. Tras cortarlas a la medida correspondiente, pintarlas y envejecerlas las uní al tablero y coloqué un travesaño entre ambas tijeras para darle rigidez con lo que quedó finalizada y lista para su entrega.

Tras el Cumpleaños Feliz
P.D.: Aquí arriba podéis verla en todo su esplendor. Ya la he probado con unos cuantos cafés - ... y cervezas, por supuesto -.






viernes, 4 de noviembre de 2016

Jardinera de Palets...(casi)

Un día del pasado verano a Eva le dio por colgar en su Facebook una fotografía de una jardinera de palets que había realizado un par de años antes para mi casa, a la que ya le dediqué en su momento una entrada en este mismo blog - a día de hoy la que más visitas ha recibido -. Como en algunas ocasiones ocurre, recibimos un par de llamadas interesándose, una de las cuales finalmente cristalizó en un encargo.

Con las medidas del encargo en la mano comencé por hacer un repaso del material que había en el taller con el que podía contar para este proyecto y encontré algunos restos de palets sobrantes de los utilizados recientemente para otro trabajo - que ya colgaré en su momento -, suficiente para iniciar la tarea. El resto ya lo iría buscando o comprando más adelante.

Primeros pasos
Empecé a confeccionar la jardinera fabricando una base de traviesas con tablas de palets cortadas a la medida correspondiente, colocadas en paralelo y unidas perpendicularmente por unos listones a ambos lados para mantenerlas unidas. A partir de esta base iniciaría el cajón contenedor, pero para ello necesitaría más material, pues el que tenía se me estaba acabando - y no es plan de ir haciendo las cosas a trompicones -.

En vista de que no me quedaban palets en el taller, ni había encontrado ninguno adecuado el el proveedor habitual - la calle, por supuesto -, opté por ir a la serrería a comprarlos. Buscaba alguno que tuviera las dimensiones necesarias para poder obtener tablones suficientemente largos para completar el tamaño del encargo - metro y medio de largo - sin remiendos, pero esto fue imposible, los más grandes que tenían eran de 120x100 por lo que finalmente opté por comprar tablones directamente que, aunque algo más caros, al menos me ahorraban tiempo y trabajo de tener que desmontarlos - reitero mi propuesta a que disfrutéis de la experiencia de desmontar uno vosotros solitos y luego me contáis -.

Estando allí le eché el ojo a unos listones cuadrados que bien podían servir para las patas y que estaban a precio razonable, así que me los agencie, cargué todo el material en el coche y puse rumbo al taller.

Ya con todo el material disponible me puse nuevamente manos a la obra. Acabado el contenedor para la tierra con los nuevos tablones, previamente lijados y barnizados, corté unos refuerzos para las esquinas que sirvieran de soporte sobre los que atornillar las patas previamente cortadas a medida. Coloqué otra pareja de patas en la zona central sobre una traviesa que cruzaba el ancho del contenedor para distribuir el peso ya que el largo alcanzaba el metro y cincuenta centímetros y por el peso de la arena, una vez estuviera lleno, correría el peligro de apandarse . Colocadas todas las patas que servirían de soporte situé varios travesaños en la parte inferior de éstas uniéndolas entre si. La parte superior estaban ancladas directamente a la estructura del contenedor por lo que al estar doblemente enlazadas mejoraba la rigidez de los soportes y la estabilidad del conjunto.

Finalizada la estructura, ya sólo quedaba rematar el contenedor colocando una rejilla plástica recubriendo el interior, de manera que contuviera, en la medida de lo posible, la pérdida de arena por el riego y a su vez permitiera que el agua escurriera evitando que ésta se empozara y pudiera llegar a pudrir lo plantado por exceso de agua.

Fijada la rejilla con grapas, confeccioné un marco cortando en inglete unos listones y lo clavé al rededor del perímetro superior del contenedor con el objetivo de, por un lado de esconder las grapas de sujeción de la rejilla, y por otro, darle un aspecto más elaborado al conjunto. Tras esto y para finalizar cubrí con varias capas de barniz especial, del que se utiliza normalmente para trabajos náuticos, más resistente a la humedad de la intemperie, toda la estructura que quedó como se muestra a continuación.

Proyecto listo para plantar
P.D.: esta nueva versión de jardinera, llamémosla 2.0 ya que está tan de moda, pierde el romanticismo de la primera en tanto en cuanto se hizo de forma planificada, al contrario que la primera que fabriqué de manera bastante más anárquica y espontánea, pero al menos debo reconocer que estéticamente mejora en algo al modelo anterior. Seguramente tendré oportunidades en el futuro de crear nuevos diseños, espero que mejorados - todo es cuestión de practica -.